Se desprende tenue el zafiro
porque en el aire ya no existen nubes,
y cae en silencio el cielo
sobre las alas blancas de un querube.
Viviendo en horizontal,
vestidos solo en carne,
nos acaricia la temperatura
que sobre la piel arde...
¡Que por arder más arde en las venas la sangre!
Y es necesario pues, entonces entibiarla,
y por eso bebemos de todo,
y de todo, todo menos agua.
¡Ay! ¡Pero qué cosa tan curiosa!
Sin ropas que nos abracen
sin corona sobre la raya...
¿Por qué nos sentimos entonces
los reyes de la playa?
Pregúntale a las gaviotas
apostadas en las palmeras,
pregúntale tú si nuestra bandera
es el cielo que se encapota.
No existen aquí los piratas
porque se prohíben en la costa.
Por eso los tesoros no están enterrados
sino que sobre la sílice flotan.
Son tesoros, redondos que brillan
como si ellos mismos fueran poesía,
y miran todos hacia arriba,
-porque si ellas son magdalenas-
el sol es el horno que las cría.
¡Bendito Debel prometido
a la bendita diosa Afrodita!
...
Tendido tu cuerpo de sal y oro
te sientes perdida y no lloras.
Lo profundo de tu mirar perfora
la lejanía, destapando tu tesoro.
¿No tenías suficiente, pequeña,
con mirarte cada mañana
en el espejo?
Ahora que duerme el tiempo
miras en el mar tu reflejo.
Eres inmensa, sí,
ataviada con un ajuar nupcial
que los tritones tejieron con esmeraldas
y con piedras de cobalto pétreo;
con ellas se construyen castillos submarinos
frágiles como polillas de hielo.
Sigue mirando, pequeña,
piérdete en el horizonte aquel
tan lejano como mis besos.
A lo mejor,
descubres mis versos blancos
navegando blancos sobre los veleros.
A lo mejor,
oteas en la orilla
-atrapada por la red de espumas-
mi carta en una botella
que sin letras,
viene hinchada de brumas.
Y ahí, disparando a la brisa
con tus luceros,
parabas todas las olas
que nos arrojaba el tiempo.
De pie, con el corazón tranquilo,
soñábamos en la cala pedregosa
mientra la bahía borrosa,
nos envolvía como un hilo.
Con el corazón tranquilo,
con el tiempo callado,
con el tiempo dormido.
Yo te quise en la bahía.
Ay, en la bahía nuestra.
En mi bahía.
F.J. Mondaza