Tengo las orejas taponadas con cierto artilugio que funciona como alas y me lleva al mismo cielo en un instante. Siento, el regalo que muchos artistas han dejado para nosotros sus oyentes. Y recuerdo, aquel primer momento en el que pude escuchar cualquier canción, y, sin embargo, recordar no sería la palabra más adecuada, se queda corta, flotar, flotar encaja. Flotar en esa imagen que crea el recuerdo, en ese olor que deleitaba a mi olfato, suspirar por lo que me hacía suspirar, y acabar amando lo que llegue a amar. También a olvidar, olvidar lo que no puedo de mi memoria borrar. Olvido mi presente para eliminar mi sombra en el pasado, y curioso que, rememorando, estoy olvidando. Todos mis rencores, penas y lamentos se van como yo, flotando.
El color de aquella tarde es proyección en mi cerebro, como si este no fuera más que un simple cine donde yo con los ojos cerrados me siento y admiro la obra de un artista. Si cocinaba mientras música escuchaba, vuelvo a comer aquellos alimentos, a olerlos. Si era primavera, aunque en invierno, en primavera me siento. Si el cielo estaba azul, aunque esté lloviendo, el sol brilla en mi cuerpo, y azahar, azahar me trae la canción que no el viento.
Nada mejor, que la música, para llenar tu mente de buenos recuerdos, y tu alma, de los mejores sentimientos.
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